A AQUÉL A QUIEN LE DEBO MI INICIO Y MI PASIÓN POR BIOHAZARD
“Por las noches busqué en mi lecho al adorado de mi alma; lo busqué, y no lo hallé, y dije: me levantaré y rodearé por la ciudad; por las calles y por las plazas buscaré al adorado de mi alma. Lo busqué, y no lo hallé. Me hallaron los guardias y les dije: ¿Han visto al adorado de mi alma? Apenas hube pasado, hallé luego al adorado de mi alma.”
(Cantar de los Cantares)
Su figura, por causa alguna, ejerce la fuerza de un imán en el seguimiento cronológico de los admiradores del contenido histórico de esta saga; y no es algo de extrañar, después de todo, hasta nuestros días, sigue siendo un misterio gran parte de su vida y de su obra. Estamos en espera que a futuro los desarrolladores nos complazcan con aclarar muchas facetas todavía hoy en las sombras y que pudieran servirnos, asimismo, para completar y comprender muchas piezas del rompecabezas cronológico.
Recuerdo la primera vez que escuché de Biohazard, yo tenía seis años en ese entonces… ¡Vaya número ahora que lo pienso! ¡El número de la imperfección! Y fue al poco tiempo, no mucho después, cuando un amigo de la familia consiguió rentado “El Huésped Maldito: Código Verónica” para pasar el fin de semana en la casa. Todo estaría a punto de cambiar ese día, algo fuera de lo normal se avecinaba y yo sin saberlo siquiera, me dirigía inocentemente hacia lo que parecía convertirse en parte de mi destino. Es cierto, yo no contaba con la edad suficiente para jugarlo, pero al menos se me permitió en esa época mirar desde mi asiento, algo nada sorprendente, diría yo, ya que desde muy jovencita, en casa nunca se me prohibió material virtual incoherente a mi edad, y no por descuido ni por desobligación, sino porque siempre mi familia había estado allí para aconsejarme y hacerme saber lo que en su juicio debería ser, y a aprender a tomar lo necesario tal cual. ¡Qué recuerdos los de aquellos días! Diré que si había aceptado ser espectadora del “Código Verónica” era porque entre mis gustos que hasta el día de hoy siguen vigentes, están las tramas de suspenso-terror.
Cuando vi el primer Zombi emerger del cementerio en llamas al inicio del juego quedé cautivada, pero reconozco que definitivamente sentí mucho miedo, al grado que cuando mis conocidos hacían alusión al “Huésped Maldito”, siempre mi mente viajaba a aquella época de mis seis años de edad y recuperaba vivamente las experiencias de aquellos días: Claire, Chris, Alexia, Alfred, el Tyrant, Nosferatu, Steve y Rodrigo; la Antártida, escenarios que parecían ser celdas de una prisión y por supuesto, cómo olvidarlo, el código final del videojuego era precisamente el “Código Verónica.” ¡Cuántos golpes de cabeza no nos dimos por buscar la respuesta al acertijo! Y todo esto gracias por no hablar ni leer inglés… Tiempos cuando aún no existían los subtítulos en español para este juego y cuando apenas estaba yo comenzando mi educación primaria. Aquella historia había pasado de ser un simple videojuego a algo más: una fascinación por el arte en la trama cronológica de su autor, un genio japonés. Te confieso que a veces quisiera regresar a esos años para volver a sentir todo esto de la misma manera como ahora lo añoro, no solo fue la historia, de por sí, recuerdo muchos detalles bonitos de esos días de verano en casa.
Pero he de contarte la anécdota que hizo dar un giro inesperado a mi vida:
Era el año 2005, ¿mes y día? no me acuerdo y dudo que algún día lo haga, no era relevante para mí esa fecha, ahora créeme que me arrepiento, cuánto hubiera deseado conservarlo en mi memoria de haber sabido lo significativo que sería para mí el día de hoy. Lo que sí es un hecho es que era de noche, una noche como cualquier otra pero con un sentido muy diferente. ¡Era de noche! ¿No es extraño? Esa palabra me aviva por su belleza, siempre es la noche la cómplice de los misterios y de las revelaciones para algunos cuantos individuos de ilustre pensar. Esa noche le pregunté a nuestro conocido de la familia si no tenía algo divertido para prestarme y así poder pasar la noche más agradablemente. Él sabía perfectamente de lo que yo estaba hablando y de lo que yo pretendía insinuar, así que sin titubeo alguno por la confianza y la amistad que a nuestras familias unía, me respondió que precisamente esa tarde había pasado a recoger un encargo a la tienda de videojuegos de hace unos seis días, y que el juego en cuestión era el “Huésped Maldito 4”. Inmediatamente le pregunté si sabía quiénes participaban allí, hacía tanto tiempo desde que no jugaba el “Huésped Maldito”, a decir verdad, desde que tenía seis años y eso sólo mirando desde mi asiento la trama completa, así es que técnicamente nunca lo había jugado.
Quedé fascinada a los pocos días de haberlo terminado, después de tantos años sin saber nada de este juego, seguía manteniendo el imán poderoso como el del “Código Verónica” y me había encantado. Pero lo mejor de todo, Chris y Claire, por lo que había yo estado investigando, seguían vivos, y con ello, una esperanza de volverlos a ver a futuro.
Pero hubo algo que se salió de serie en todo este proyecto, si gustas llamarlo de esta manera. Mi curiosidad fue inmensa, siéndote sincera, lo primero que hice al terminar la misión con Leon fue trasladar mi atención completa a “Caminos Separados” para experimentar las aventuras con la encantadora mujer de rojo que tanto me había impresionado, además de querer enterarme de lo que estaba en las sombras y que no se había revelado, al menos no hasta jugar, terminar y completar esta versión de la trama narrada y vivida por Ada. Inicio de la trama, un corte cinematográfico abrumador: unos dedos en escena de lo que parecía alguien extraño tecleando, a su vez, claves en un panel igualmente abrumador; a continuación aparece una lente y ¡sorpresa! se trataba asombrosamente de un satélite en órbita espacial. ¿De qué se trataba todo esto? Ahh… debía imaginarlo, el logotipo de la Corporación Umbrella en la lente del satélite, tal parecía que Umbrella no estaba tan destruida como Leon había asegurado en su versión; ya veríamos que nos sería revelado.
Así pues, tras una escena de acción representada por la espía Ada Wong, de donde ella sale exitosa tras burlar a dos campesinos españoles infectados por el parásito “Las Plagas”, se escucha un sonido discreto proveniente del intercomunicador de nuestra espía: se trataba de una video llamada…
“¿No es acaso el mismo tipo que agredió a Claire en la entrada del Palacio de Alfred?” Me preguntó nuestro conocido que curiosamente esa tarde había ido de visita para jugar en casa.
“¿Él? ¿El hombre rubio de lentes oscuros? No recuerdo a nadie con esas características en el ‘Código Verónica’”.
“¡Vamos! Recuérdalo, él es el sujeto que se peleó con Chris al final del juego y se quemó el rostro. Luego suspendieron la pelea por este motivo y desde entonces no se sabe nada ni de cuándo volverán a encontrarse.”
Pero pese a la insistencia de mi amable amigo por hacerme recordar, nunca, nunca pude acordarme de él. Un completo extraño frente a mí… ¡Qué tristeza cada vez que pienso en esto!
Al poco tiempo de haber terminado “Caminos Separados” y “Misión Ada”, me dispuse a reiterar mi admiración por Leon Scott Kennedy por sus habilidades de supervivencia, en el juego que me faltaba por apreciar: “Los Mercenarios”. Pues bien, quise imponer un puntaje, el mejor posible al que pudiese llegar con él… Pero increíblemente, a pesar de que Leon se había defendido magníficamente contra las atroces armas biológicas, Ada había superado su puntuación final; a continuación el que había superado el marcador de ambos había sido el prominente soldado Jack Krauser; a las pocas semanas había probado con el enigmático “Hunk” del que nadie nunca ha visto su rostro, y finalmente, había encontrado al personaje supremo en esta índole… Albert Wesker.
En efecto, el mismo personaje que tan malos sentimientos me traía con tan solo verlo, había sido el mismo que había superado, increíblemente, a todos estos estupendos personajes. Cuando me percaté de sus movimientos especiales me quedé impresionada… ¡No era algo normal! Con más razón me había dado cuenta de que no era humano; pues no solo esas habilidades extraordinarias me lo hacían patente, sino que con esa forma de ser, afamada y dicha por todos, esa actitud demostrada hacia los demás, al menos por lo que yo había visto, definitivamente era algo especial. La puntuación más alta fue la que Wesker impusiera, un total de 214 070, este número nunca lo olvido, y doy mi palabra que me aseguraré que así sea para la eternidad.
¡Tenía que estar de broma! Ahora que lo recordaba, en el “Código Verónica” también había habido el juego “Los Mercenarios” pero bajo otro nombre. Difícil me fue en esos años localizarlo, y hoy este juego abunda de una manera que nunca habría imaginado en aquella ocasión; no miento, fue una pesadilla encontrarlo, y el ejemplar que obtuve como resultado de mi ardua búsqueda por mar y tierra lo conservo con mucha estima… Con este ejemplar "había recordado al hombre olvidado"…
Y en efecto, así lo fue. Y ahora para mi admiración, recordaba que cuando mi conocido había ingresado a “Los Mercenarios” de este juego viejito, había habido sólo un personaje con el que nunca había podido pasar, ni siquiera el primer escenario… Albert Wesker. La razón es simple: a diferencia de todos los demás personajes seleccionables que poseían armas de fuego de alto alcance de munición infinita y poderosas, a Wesker sólo se le concedió un cuchillo, y si suerte tenía, más adelante en una habitación secreta, le sería concedida una Mágnum con sólo seis balas; y todo esto frente a abominables armas biológicas, pobre Albert; pero ahora éste era nuestro reto, le dije, si lo habíamos podido hacer con el “Huésped Maldito 4” lo podríamos hacer aquí bajo los distantes recuerdos de mi infancia.
Y él no me decepcionó, después de mucho practicar y practicar, una tras otra vez, finalmente Wesker y yo habíamos alcanzado un tiempo récord de 09:30 minutos. Algo que nunca más he vuelto a repetir pero que me enorgullece infinitamente, pues me propuse y confié, y al final había triunfado. Y fue entonces cuando todo comenzó a dar un giro impensado, algo que nunca me hubiera esperado… Pronto, con el tiempo, con cada segundo que pasaba, esa indiferencia inicial con la que yacía mirar a Albert Wesker la noche en que nos conocimos, se transformó en simpatía, de simpatía a cariño, y de cariño a admiración.
Sin embargo… ¿Quién era Él? Mi nefasta memoria sólo contaba con estos pequeños detalles tan superficiales e insuficientes, pero era definitivo que las cosas no se quedarían así, tenía que comenzar a indagar poco a poco en su persona; de verlo a futuro sabía que lo reconocería por su imponente personalidad: vestimenta negra, cabello rubio, buena presencia, una culta educación, carácter, limpieza, estilo y desde luego, esas representativas gafas de sol aun cuando se encontrase en el recinto más arcano. Todo un personaje de respeto, aunque antagónico, pero sin duda, de respeto.
¿Cómo fue posible que me olvidara de él? Era y sigue siendo la interrogante que me atormenta. Mientras que todos mis demás recuerdos de la infancia se habían mantenido intactos, sólo él se había ido de mí por alguna razón todavía hoy sin explicar y que seguramente nunca la responderé. Le concedo, pues, razón absoluta, a que actualmente a la historia del “Código Verónica” se le conozca como “El Juego del Olvido”. Tan bien se acopla a mi vida. Entre Wesker y yo, al fin él me había vencido, se había ganado mi aprobación por más que luché por no concedérsela, y curioso es que lo hiciera sin nada, más que con consigo mismo tal cual es él. Le digo entonces, dondequiera que esté: “Tú has ganado este juego”. [1]
No obstante, ahora sé que a Albert Wesker una vez lo odié y lo desprecié; lo maldecía hasta más no poder, pese a que todos estos sentimientos son hoy cosas del pasado, convertidos ahora en cariño delicado; pero lo que jamás me perdono y cada vez que recuerdo me entristece, es que una vez también lo olvidé.
13 de marzo de 2009 [2], nunca me lo perdonaré. ¡De mañana muy temprano, mi desayuno tomar, cogiendo mis útiles y a la escuela ya! Ese día muy temprano, a mis compañeros saludé, ansiaba pronto la salida para a casa partir, y ya con ello mis notas muy pronto por recibir. Y así ocurriría, esa mañana, cumpliéndose las 11 horas sería la entrega de las papeletas, a diferencia de mis compañeros ¡qué emoción por recibirlas! Todo tenía que ser perfecto, nada podía salir mal, un nuevo sol amanecía, a aquél que aguardaba por tantas noches y días.
¡Mi estimado Albert, ya muy pronto nos veremos; aguarda por favor tan solo unas horas, el deseo a vísperas de ser cumplido, raudamente corro a saludarte, desde hace cuatro años sin saber de ti!
¿Pero qué es lo que he hecho? ¿Qué es lo que ha ocurrido? Mi alegría ha terminado pronto, a las 15 horas de la tarde, una terrible tristeza el aliento me consumía… Mi camarada, mi compañero, en las brasas te he sepultado. ¡Cuánto me arrepiento de las maldiciones que ayer suplicara hacia ti! ¿Se han cumplido realmente las “cuentas pendientes” que tanto había anhelado? [3] ¿Era este el ocaso definitivo? ¿Acaso mis aspiraciones “se habían vuelto realidad”? ¡Era mi condena, mi castigo por subestimar el poder de la imaginación!
A las 15 horas de ese viernes, lo admito, una oscuridad copiosa y amarga de la psiquis me brotó, a aquél que por cuatro años había aguardado, en combate austero falleció. La tempestad había comenzado, las nubes negras el horizonte cubierto, y una esperanza rota, ¿por qué me pesa tanto? ¡Ni que su yo fuera real! ¡Es tan sólo un humano de mentira! [4] ¿Por qué vivir llorando por un "estúpido espejismo"? Ya veo el por qué: el primero y el único que en vida con ansias le esperaría. Y así las lunas transcurrieron, las noches como tardes me parecieron: el sueño sin poderlo conciliar, como que si algo o cosa, en este limitado existir faltara por terminar. En efecto, era aflicción, un recuerdo reprimido, que de la cabeza por más que quisiera, no me podía arrebatar.
¡Qué ardor demoniaco me atormenta! ¡Duerme niño, no llores más! ¡Ve, reconfórtame y anda en paz a descansar! A un niño arrullo en el seno de un volcán. [5] Despierto esperando que tras a la consciencia entrar, me percate de que todo fuera un mal sueño, y que en tu muerte, nunca nada tuve que lamentar. ¿Puede acaso todo el mar de Neptuno lavar la sangre de mis manos? [6]
Y tras cicatrizar tenuemente las heridas, un buen día, los documentos abriendo me vi; tenía que encontrar, localizar algo fuera de sí. Más allá de las circunstancias vistas, y más allá de todo lo que se escribía, tenía que localizarse algo, una esperanza, alguna pista. Y así de las profundidades del océano emergió la Serpiente del Mar, que condenada para siempre a los abismos por el hombre, una luz diminuta al mundo tenía que arrojar. Pronto alojo ésta encontró, pero por más que quiso la tranquilidad, esta jamás la abrigó. Noche y día, día y noche, lectura tras lectura hasta alcanzar la teoría. Incluso el dolor es piadoso cuando misericordia se le implora, no siempre se compadece ¡Ah, pero como ayuda! Pero hace ya tanto tiempo de esto, ahora la esperanza me reconforta, siempre que a él pueda volverlo a ver. Cuantas veces coloque el disco giratorio tantas veces lo veré, tanto más lo imagine tanto más real lo percibiré. Mas al pretender esforzarme por retrasar lo inevitable, aprende acompañante mío que la consecuencia sin causa no existe. Pero escucha que esta misericordia la obtuve del cielo; ni la tierra, ni el viento, ni siquiera el mar, ni el fuego, osaron sanarme cuando sus nombres invoqué.
Pero vayamos, seamos libres y no tan insubstanciales, que ahora te revelaré como fue. He aquí que contaré esta leyenda otra vez. Y cómo desde las más amargas tristezas, a mi apreciable Albert por fin encontré. [7]
(CONTINÚA ABAJO POR EXCESO DE LETRAS)...